Reflexiones Psico-Lógicas sobre la incertidumbre
Actualidad
5 de Feb, 2021

Reflexiones Psico-Lógicas sobre la incertidumbre

 

Más de 2000 años nos separan del conocidísimo -conócete a ti mismo- inscrito en el pronaos del templo de apolo de Delfos, y en ello seguimos, intentando llegar a algo aparentemente tan sencillo de decir, tan difícil de ejecutar.

La psicología lucha por encontrar un lugar (permanente) en una sociedad compleja y cambiante.

Es por ello que a veces los psicólogos se sienten más como valientes “boy scouts” en busca de animales aun sin catalogar que como científicos rigurosos validando experimentos objetivables. Todo esto además de que entre las distintas escuelas de psicólogos, los psicoanalistas y los psiquiatras —ramas del mismo árbol— siempre andan a la greña…menudo panorama.

Pero no entremos en pánico; más allá de la dificultad de definición y rumbo que para el profano pueda parecer que a veces la psicología transmite, su fin no es más que uno: que el paciente re-negocie, re-construya, re-signifique y re-defina las condiciones de su vida (pasada, presente y futura) para que, en un primer lugar deje de sufrir y en un segundo tiempo, siempre posterior, entienda y acepte su funcionamiento psíquico, pudiendo así invertir de manera más adecuada sus energías, hasta entonces volcadas en sostener funcionamientos insostenibles. Vamos, lo que en cualquier negocio llamaríamos quiebra económica.

Por lo tanto, el psicólogo es ese alguien que una vez logre encontrar el sistema terapéutico específico que el paciente requiere, llámese como se llame, actuará de forma desprendida y humana y será el primero en sentirse feliz y realizado.

El malestar psíquico no es lineal, no es lógico, ni siquiera es visible… ¿entonces?

Entonces toca hilar muy fino. No por entender que nuestra madre, nuestro hijo o hermano/amigo/pareja no está bien y necesita ayuda, aquel o aquella va a aceptarla con sumisión y resignación.

La vida es dura, golpea y rasga, y es obligación de todos nosotros defendernos ante estos avatares, sean estos reales o provengan de nuestro mundo interior lleno de recuerdos y fantasías. Obligado, pero no fácil; este conflicto permanente en el que vivimos los humanos, a veces (demasiadas), descompensa la balanza y comienza a asomar la quiebra, esa quiebra que efectivamente, es muy difícil de encubrir y maquillar. Angustia, ansiedad, tristeza, somatizaciones incapacitantes como dolores musculares repartidos por doquier, dolores de cabeza y digestivos recurrentes… La balanza está descompensada y casi seguro que será necesaria una ayuda externa.

Así lo dice Freud en forma explícita: “en la vida psíquica el yo desempeña el ridículo papel de los payasos del circo, que tratan de imponer a los espectadores la convicción de que todo lo que sucede en la pista es en obediencia a sus órdenes. Pero sólo los niños más pequeños se dejan engañar…”

En efecto, todos hemos asistido a alguna función de circo en la que un par de payasos andaban alrededor de los demás protagonistas —los trapecistas, los domadores, los equilibristas—, con la actitud de ser ellos quienes conducían el espectáculo, sin que apenas se les prestara atención. La escena era de lo más grotesca y jocosa precisamente por la aparente indiferencia que provocaban.

Pues resulta que esos payasos somos nosotros mismos, y el resto de los circenses, las auténticas estrellas del circo, son nuestras fuerzas más inconscientes, que son quienes realmente llevan el timón de nuestra (vida) nave.

Entonces… ¿qué hay de nosotros en momentos como los actuales, donde la incertidumbre se ha convertido en nuestra compañera de viaje? ¿Quién manda?

La incertidumbre está presente en numerosos acontecimientos del quehacer cotidiano, en la mayoría de las situaciones que las personas afrontan.

¿Aprobaré el examen? ¿Será el hombre o la mujer de mi vida? ¿Podré quedarme embarazada? ¿Me merezco una subida de sueldo? ¿Qué dirán los análisis y demás exámenes complementarios? ¿Seguiremos juntos? ¿Estoy adoptando la mejor decisión?… Si enfermo de coronavirus… ¿moriré?

Todos —en mayor o menor medida— hemos sentido, sentimos o sentiremos incertidumbre, es inevitable sentir temor (no miedo) al futuro, pero el problema fundamental no es sentirlo, sino cómo controlamos esa emoción para que no mediatice nuestra forma de pensar, sentir y actuar. El manejo inadecuado del temor a lo que sucederá, ese miedo a lo que nos deparará el futuro nos puede condicionar en muchas áreas de nuestra vida; concretamente, en una muy importante, adoptar decisiones de envergadura: una posible separación conyugal, cambiar de trabajo, de casa, de escuela para los niños, etc. Dichas decisiones pueden convertirse, de hecho, en proezas irrealizables si se busca la certeza absoluta, aquella determinación perfecta, sin un ápice de error o defecto.

Estos aspectos tienen que ver con nuestra capacidad de resiliencia para afrontar la adversidad, nuestra tolerancia (no resignación) a que suceda un acontecimiento negativo, sino aceptarlo tal como es, para evitar el sufrimiento, que es precisamente, no querer aceptar la realidad o querer o desear cosas que no existen o no son reales.

El punto focal de la incertidumbre gira alrededor de las emociones negativas que acompañan a ese estado de inseguridad por lo venidero: la ansiedad, la angustia, la irritabilidad, la tristeza (que puede llegar a la depresión) o el enfado. La incertidumbre nos remite invariablemente a otras situaciones anteriores en las que nos sentimos igual de desamparados y a la espera, sin mando. Situaciones donde, como seres imperfectos e inmaduros que fuimos, no estaba en nuestras manos decidir ni actuar lo correcto, sino esperar a que otros (los adultos) lo hicieran.

 

Aunque escuchamos y afirmamos que todo fluye y que el cambio es inevitable, en realidad no estamos educados sino para lo perenne, lo permanente. Resistimos al cambio, a evolucionar. Entendemos y recibimos el cambio como amenaza. Hablar de cambios es hablar no solo de duelos, de pérdidas, de desapego, de despedida, también es aceptar que lo que fue no volverá, y que es ya tiempo de asumir nuestras limitaciones, y sobre todo, sobre todo, que nada de esto tiene por qué ser malo. Como dijo alguien cuyo nombre no recuerdo…las fisuras y las grietas son necesarias, ya que por ellas entra la luz.

Por lo tanto… dejémonos de “payasadas” que nos impiden ver lo que realmente está ocurriendo dentro de nosotros y demos más luz a los acróbatas y malabaristas, pues son éstos los que mandan de verdad en estos momentos de tanta tensión e incertidumbre. Nunca ha de ser antídoto el negar qué nos ocurre (qué nos ocurrió) y como lo estamos viviendo (seguramente tal y como fue también entonces). Como siempre una clave fundamental, si no la que más, es hacer consciente lo inconsciente.