Cuando hablamos de correr, solemos pensar en esfuerzo, en ritmo o en sensaciones. Pero… ¿te has preguntado alguna vez cuánto cuesta correr desde el punto de vista energético?
En esta charla, el Dr. Nacho Sanz, médico del deporte y responsable del área de rendimiento de Ammma, nos explica cómo funciona el cuerpo cuando corremos y por qué entender el “coste energético” puede marcar la diferencia en tu rendimiento.
Correr tiene un precio… energético
El “precio” de correr se mide en energía.
Mover un cuerpo a lo largo del espacio implica vencer resistencias (la gravedad, el rozamiento del suelo, el aire y la propia dinámica del movimiento).
Simplificando la ecuación, la energía que cuesta correr depende de dos factores principales:
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La masa corporal que movemos.
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La distancia que recorremos.
Y aunque a simple vista parezca que la velocidad también debería influir, la energía necesaria para recorrer una distancia determinada no depende tanto de ir más o menos rápido… sino de la eficiencia con la que nuestro cuerpo convierte la energía en movimiento.
La importancia de la energía disponible
Nuestro cuerpo no “crea” energía, la transforma.
Al igual que un coche convierte la gasolina en movimiento, nosotros transformamos energía química (procedente de los alimentos) en energía mecánica.
El combustible que utilizamos depende de la intensidad del ejercicio:
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A baja intensidad, usamos principalmente grasa como fuente de energía (casi inagotable).
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A mayor intensidad, empezamos a utilizar hidratos de carbono, una fuente limitada que se agota con el tiempo.
Este punto de transición es lo que se conoce como primer umbral aeróbico.
A partir de ahí, cuanto más rápido corremos, mayor es el porcentaje de hidratos de carbono que usamos y menor el de grasa.
¿Por qué nos “chocamos” con el muro de la maratón?
Un corredor medio de 70 kg dispone de unas 2.000–2.500 kcal de hidratos de carbono almacenadas (en músculos e hígado).
Y si consideramos que el gasto energético es de aprox. 1 kcal por kilo y por kilómetro, el límite natural ronda los 30–35 km.
Por eso muchos corredores “chocan” con el muro de la maratón: cuando se agotan los depósitos de glucógeno, el cuerpo ya no tiene energía rápida disponible y el ritmo cae drásticamente.
Lo que diferencia a los buenos de los mejores
La clave no está en entrenar más fuerte, sino en entrenar más tiempo en la zona correcta.
Los mejores corredores del mundo pasan la mayor parte de su tiempo entrenando por debajo del primer umbral, desarrollando su capacidad para correr rápido quemando grasa.
Esto les permite retrasar el uso de los hidratos de carbono, conservar su “depósito” más tiempo y mantener ritmos altos sin agotarse.
Lo que puedes hacer tú
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Evalúa tus zonas de entrenamiento. Una prueba de esfuerzo con análisis de gases es la herramienta que permite conocer tus umbrales y ajustar tu entrenamiento a tu fisiología real.
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Prioriza volumen antes que intensidad. Más kilómetros a ritmo fácil generan más eficiencia metabólica.
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Entrena tu economía de carrera. Mejor técnica = menor gasto energético.
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Cuida tu nutrición. Aprender a usar bien las grasas y reponer carbohidratos en pruebas largas marca la diferencia.
En resumen
La velocidad y la resistencia no dependen solo del esfuerzo, sino de cómo gestiona tu cuerpo la energía.
Cuanto más tardes en “gastar” tus hidratos y mejor utilices las grasas, más lejos y más rápido podrás llegar.
Por eso, entrenar con criterio no es solo correr más: es entrenar tu metabolismo.
📍 En Ammma realizamos pruebas de esfuerzo, valoraciones funcionales y planificación personalizada del entrenamiento para optimizar el rendimiento y cuidar tu salud.
Porque el movimiento es vida, pero entender cómo te mueves es rendimiento.
