Los beneficios del ejercicio físico están bien documentados: mejora la salud cardiovascular, controla el peso, previene la diabetes… Pero en los últimos años, la ciencia ha empezado a señalar con fuerza un nuevo efecto positivo: su capacidad para proteger el cerebro y reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer.
Un estudio reciente publicado en Neurology mostró que aumentar los niveles de actividad física en la mediana edad —entre los 45 y los 65 años— se asocia con una menor acumulación de placas beta-amiloides en el cerebro, una de las señales biológicas características del Alzheimer. Y no es el único dato relevante.
El Alzheimer se empieza a prevenir antes de que dé la cara
Aunque solemos asociar el Alzheimer con personas mayores de 70 años, los primeros cambios cerebrales pueden empezar a desarrollarse hasta 20 años antes. Son silenciosos, imperceptibles, pero van debilitando el sistema nervioso central poco a poco.
Por eso, la etapa entre los 45 y los 65 años se considera crítica. Es el momento en el que podemos intervenir con más eficacia para prevenir, o al menos retrasar, la aparición de síntomas.
¿Por qué es tan importante la actividad física en esta etapa?
Porque a esa edad el cuerpo y el cerebro todavía tienen una gran capacidad de adaptación. El ejercicio no solo fortalece músculos o pulmones:
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Aumenta el flujo sanguíneo cerebral
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Estimula la neurogénesis (creación de nuevas neuronas)
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Favorece la liberación de BDNF, un factor neurotrófico que protege las células cerebrales
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Mejora la resistencia a la insulina y el metabolismo, aspectos que también influyen en la salud neurológica
Además, ayuda a mantener otras funciones que actúan como factores protectores: buen estado anímico, control del estrés, calidad del sueño y sociabilidad.
¿Qué tipo de ejercicio es más eficaz?
La evidencia científica apunta a que el ejercicio combinado (fuerza + aeróbico) es el que aporta mayores beneficios cognitivos.
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El aeróbico mejora la vascularización cerebral y la eficiencia energética del cerebro
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El de fuerza mejora la sensibilidad a la insulina, previene la sarcopenia (pérdida de masa muscular) y activa ejes hormonales protectores
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La combinación de ambos es sinérgica: mejor rendimiento físico, cognitivo y emocional
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